miércoles, 19 de diciembre de 2012

De cómo contamos lo que pasa en el mundo

Nos hemos pasado años quejándonos de que la gente no se movía, no colaboraba.
Decíamos que “nuestros temas” no interesan a la sociedad, que la gente no se mete “en política” (toda nuestra propuesta es política) y que luchábamos contra toda la potencia desmovilizadora del sistema. Un sistema cuya punta de lanza visible eran los medios de comunicación, que no prestaban la suficiente atención a esos temas, o que no los abordaban desde los puntos de vista adecuados. En consecuencia, la gente no tenía la información que les permitiera reaccionar frente a esas situaciones injustas, y apoyar nuestros esfuerzos para cambiarlas.
En 2011, como a todo el mundo, la eclosión a lo largo de todo el mundo de movimientos sociales (informados y con capacidad de propuesta) pilló a las ONG tradicionales por sorpresa. Como a todo el mundo, si, pero se supone que nosotras tenemos esa conexión con la base, con las inquietudes de la gente, y que podíamos verlo venir. Y no fue así.
El hecho es que a la gente sí le importa la política, y que la gente se moja y se implica para cambiar las cosas que no van bien en el sistema. Pero para ello necesitan tener la información completa, no sólo la versión interesada que ofrecen los medios de masas. De hecho, aunque no es el único, uno de los factores que permitió a la gente informarse (que es el primer paso para organizarse y actuar) fue el acceso a otras fuentes, más directas y menos interesadas, a través de internet y de las redes sociales.
Es verdad que las ONG llevábamos años un poco ensimismadas, centradas en una forma de hacer las cosas basada en la gestión, que se había ido desvinculando progresivamente de “la calle”. Pero está claro que no todo lo hemos hecho mal: temas como la deuda ilegal, los derechos sociales básicos, el derecho a la participación política, y tantos otros que hoy forman el background de las demandas sociales, ya formaban parte de nuestra agenda desde hace años. Tenemos experiencia y tenemos conocimiento generado al respecto. Y, en la medida de nuestras posibilidades y nuestra capacidad de influencia, los difundimos.
Pero el análisis es que algo estábamos haciendo mal. Algo ha fallado, y es nuestra capacidad de CONTAR y de CONECTAR. De generar narrativas diferentes que expliquen bien la realidad, y de articular a personas y organizaciones que la quieren cambiar. Y eso los movimientos sociales lo hacen muy bien.
Así que ONG y movimientos estamos hablando y trabajando los mismos temas. Además, compartimos en parte la estrategia de usar las dos vías a nuestro alcance: trabajar en parte desde dentro del sistema (paliando sus consecuencias sobre la vida de la gente) mientras en paralelo aportamos propuestas de reconfiguración de ese sistema para que sea más equitativo.
Y sobre todo reconocemos la importancia de que la gente tenga acceso a la información que le permita tomar postura, y a la información que les permita conocer las opciones que tienen a su alcance para actuar. Para esto último, las Ong hemos llegado tarde y mal a las posibilidades que nos ofrecen las redes sociales. En general, las hemos usado en una lógica únicamente de difusión (igual que veníamos haciendo con los medios tradicionales), buscando “seguidores” y no iguales con quienes dialogar y a quienes abrirnos para que nos ayuden a construir nuestra propuesta.
Así que las organizaciones de desarrollo y los movimientos sociales compartimos muchas cuestiones de fondo, pero hemos venido desarrollando formas y métodos de trabajo y de articulación muy diferentes.
Como ejemplo de cómo se percibe nuestra actitud, hace unos días, en Túnez, mientras buscábamos puntos de trabajo conjunto entre ONG y movimientos sociales en la región Mediterráneo – Norte de África, un activista libanés nos decía muy claramente, refiriéndose a las ONG: “es que no os necesitamos. Podemos compartir objetivos y podemos caminar juntos para conseguirlos, pero no os necesitamos para organizarnos ni para movilizarnos. Y eso es estupendo. Pero eso, a las ONG nos exige abandonar en cierto modo nuestra prepotencia y nuestro convencimiento de que tenemos la clave de cómo hay que trabajar para promover los cambios sociales necesarios para alcanzar un mundo más justo. Sabemos mucho, pero también tenemos mucho que aprender de otros, porque es la única forma de encontrar soluciones globales a problemas que ya lo son.
Y en mi opinión esto es un poco lo que nos ha venido pasando a las ONG en relación con los y las periodistas en los últimos años. Que de tanto levantar el dedo y erigirnos en árbitros de lo que está bien y lo que está mal (en este caso bien o mal contado), acabamos por perder legitimidad en la interlocución con periodistas. Que, además, para sacar adelante su trabajo se las ven con la precariedad en su día a día laboral, con los objetivos empresariales de los medios en lo que trabajan y con las rutinas dominantes en ellos.
Así que la fiscalización del trabajo de otros ya no sirve como modelo. No funciona, no es propositivo, y genera relaciones de desconfianza. Hoy las organizaciones sociales tenemos dos elecciones para intentar influir en el discurso dominante, para intentar colocar en la agenda temas y formas de abordar esos temas, y por consiguiente para influir en la forma en la que la gente (la opinión pública, la ciudadanía), los percibe y reacciona frente a ellos.
1 Hazlo tú mismo: posicionarlos nosotros mismos en el discurso, elaborar la información que manejamos, nuestra versión e interpretación de la realidad y difundirla a nuestros públicos y vía redes sociales. Y aceptar dialogar con esa sociedad al respecto, para construir discurso y propuestas de forma colaborativa. Eso nos lleva a la segunda vía:
2 Hazlo con otr@s: Movimientos sociales, otras ong, personas, investigadores/as, etc… en una construcción colaborativa del discurso. Para esto también se usan las redes sociales, no sólo para difundir. Cuando se trabaja colaborativamente, debemos estar dispuestas a compartir nuestra información, nuestros contactos, nuestro expertise, y a asumir la pérdida de nuestro rol protagonista como organización. Pero los resultados y los impactos compensan.
Y en este hacerlo con otr@s los y las periodistas son ALIADOS (no contactos) fundamentales. Aunque tengamos nuestras propias herramientas no se puede despreciar el potencial, el alcance y la difusión de los medios de comunicación, tanto los tradicionales como los emergentes. Y aunque nuestros objetivos son diferentes, existen una serie de recursos que las organizaciones podemos poner a su disposición, que les facilitan el trabajo y que pueden influir en cómo se abordan estos temas y en el tipo de información que aparece:
a)    Conocimiento, información, herramientas que podemos compartir
b)    acceso directo a fuentes que conocen y trabajan un tema: redes de personas y organizaciones con discurso en muchos lugares del planeta. Pero hemos de estar dispuestas a no ser “portavoces”, sino a ceder los contactos. Dejar de lado el ego institucional y pasar a intentar influir en contenidos.
Esta forma de trabajar es menos medible y es menos rentable en términos de visibilidad institucional, de la lógica de mercado que veníamos aplicando, en la que unas ONG competimos con otras para “captar” donantes. Pero desde luego el impacto es mucho mayor si lo que queremos es una ciudadanía informada, implicada y “empoderada” para cambiar las cosas.

jueves, 13 de diciembre de 2012

De oenegera a oenegera

Querida compañera,

Te escribo para decirte que lo que hacemos no sirve para nada. Que YA no sirve, más allá de mejorar algunas vidas concretas de personas concretas en comunidades concretas. 

Que tu proyecto, que tan escrupulosamente formulas, gestionas y revisas en colaboración con otra compañera de otra ONG “socia”, de un país “del Sur”... no cambia el mundo. No consigue que las cosas sean más justas, ni para tí, ni para ella, ni para nuestros “beneficiarios y beneficiarias”.

Lo siento, sé que es un palo. Sé que cuando te metiste en esto, pensabas que era la mejor manera de ser coherente con tus principios, tus valores. Sé que pensabas que “la cooperación” era, si no la solución, al menos sí parte de ella. O como mínimo de las pocas formas prácticas de trabajar por aquello en lo que crees.

Y quizás fue así durante un tiempo. En ese tiempo en el que estábamos tan convencidas de que nuestros derechos, nuestra forma de vida, nuestro respeto a los derechos humanos y las libertades, nuestro “Estado del bienestar” eran lo deseable... que había que exportarlo y permitir al resto de países acceder a todo eso. 

Países a los que además, nos esforzábamos en llamar de una forma correcta: Menos avanzados, menos desarrollados, pobres, empobrecidos... Porque todo lo que hacemos lo hacemos desde un plano de igualdad y no queremos marcar jerarquías. 

Aunque, jerarquías o no, la realidad es que tu financiador te pone los plazos a tí, y tú se los pones a tu “socia”, que te tiene que enviar el listado de fuentes de verificación, las facturas y el informe de actividades en plazo, no vayamos a tener que devolver la subvención. Porque así funciona el sistema, y nosotras somos parte del sistema.

Y no me digas que lo que hacemos las ong es trabajar para cambiar el sistema, por favor... Eso déjalo para las campañas de captación (aunque nuestros compas de “fundraising” nunca nos permitirían decirlo así, so pena de sonar demasiado radicales...  queda mejor “cambiar el mundo” o “construir un mundo mejor”, desde luego. Aunque sea mentira.

Porque nosotras lo que hacemos es poner parches al sistema e impedir que reviente. Eso ya me lo decía nuestra compañera de Guatemala hace muchos años. Se preguntaba “¿no sería mejor dejar que todo explotara y permitir la revolución que necesitamos?”.

Y bueno, a pesar de nosotras, al final eso es lo que está pasando. El modelo del crecimiento y el mercado se ha demostrado demasiado voraz como para que nuestros parchecitos sirvan de algo ahora. Además, ese modelo nos está dejando tiritas cada vez más pequeñas para taponar hemorragias cada vez mayores, y cada vez menos localizadas: los derechos humanos se violan en los CIEs de Aluche, en las cárceles chinas o en los calabozos de Moratalaz. El acceso a una vivienda digna empieza a ser tanto una utopía Barcelona como en un suburbio de Nairobi. La salud no es universal  y accesible en Sevilla ni en Quito. Las personas cuentan menos que los bancos o las empresas, no importa en qué lugar del mundo hablemos.

Siempre he creído que si te esfuerzas consigues lo que quieres. Además se supone que tu y yo estamos en la edad más productiva, la edad de progresar y mejorar. Pero incluso aquí, quienes somos tan afortunadas que conservamos nuestro trabajo, hemos perdido la seguridad y la confianza en el futuro. Nos vendieron historias que hoy se demuestra que son falsas, y lo pagamos con frustración.

Trabajo para ganar dinero para echar gasolina al coche para venir al trabajo. Esto no es vida, siempre corriendo para llegar tarde a todas partes.

Entonces, ¿qué modelo es ese que queremos exportar?

Los problemas YA son globales. Pero nuestras propuestas de solución siguen siendo locales. No podemos esperar tener éxito si seguimos así.

Aunque cuando las cosas iban bien no sospechara que me están timando, ya lo veo del todo claro.
Y veo que no estoy sola. Veo que a lo largo y ancho del mundo, la gente se hace una pancarta de su frustración y sale a la calle enarbolándola y exigiendo un mundo diferente. Exigiendo justicia.


La buena noticia es esa: que, de la misma forma que somos parte del problema, también somos parte de la solución. Y más que como “oenegeras”, como ciudadanas. El día en que nos demos cuenta del poder que tenemos y empecemos a ejercerlo juntas, con tantas otras personas y movimientos que ya lo están haciendo a lo largo y ancho del planeta, muchas cosas cambiarán. Y todas para mejor.



martes, 16 de octubre de 2012

Cuando a toda una generación se le roba el derecho a soñar con un futuro mejor...

Podría entender perfectamente que la gente, TODA la gente de este país, o casi, estuviera muy cabreada. Podría entender que en los bares, en las charlas con los amigos, en la puerta de las escuelas o en la cola del súper no se hablara de otra cosa. Podría entender, e incluso justificar, que se lanzaran a la calle a arrancar los adoquines para construir barricadas o para buscar debajo de ellos la playa, como en aquel mayo del 68.

Podría entender, yo, pacifista confesa, que le prendieran fuego al Banco de España, o al Santander, o a Bankia... Entendería, e incluso acompañaría a quienes se presentaran a las puertas de los políticos y especuladores que jugaron con las cosas de comer y ahora nos condenan al hambre, de pan y de derechos. No sería difícil encontrarles, están en cargos públicos y en consejos de administración.

Entendería que asaltaran el Congreso, o La Moncloa, o ya puestos La Zarzuela ¿por qué no?, para sacar de sus puestos a los incompetentes que dicen representarnos y velar por nuestros intereses... mientras protegen sólo los bancarios.

Lo que no puedo entender es esta pasividad. Este laissez faire y este aprobar callando la actitud de quien nos lo ha robado todo.

Desde muy jóvenes mi generación ha aprendido que crecer es progresar. Que puedes empezar en precario, con una beca quizás, pero a medida que aumentas tu experiencia puedes aspirar a mejorar tus condiciones, primero mileuristas, y poco a poco irte asentando y estabilizando. Como hicieron nuestros padres. Y que un día te jubilarías y te dedicarías a recoger el fruto de tus años de cotización y a cuidar de tus nietos y alimentar a las palomas en el parque.

Tras cuatro años de crisis ya sabemos que todo era mentira. Que ni el crecimiento es infinito, ni los derechos sociales estaban garantizados. Que formarte y transigir un poquito al principio de tu vida laboral no te garantiza que ésta vaya a mejorar. O siquiera a existir. Que ninguna prestación es intocable, y que tu “poder adquisitivo” no va a mejorar con el tiempo. Sabemos que la línea ascendente del gráfico se ha convertido en una caída en picado, al menos para las personas, el 99 %.

Cuando a toda una generación se le roba el derecho a soñar con un futuro mejor... cuando a quienes tenemos todavía un trabajo remunerado, lo único que nos dejan es la esperanza de conservarlo, aún precarizando sus condiciones... Cuando el contexto nos obliga a decir que “tenemos suerte, porque con la que está cayendo”, y a tragar con lo que te ofrezcan... Cuando tus mismos gobernantes (jajaja!) te indican la puerta de salida del país para que tu formación produzca riqueza fuera, después de lo que tu país ha invertido en ella durante años... Cuando te obligan a dejar de ser "progresista" para convertirte en "conservadora"...

Cuando ocurre todo esto podría entender que las calles bulleran, que la ciudadanía exigiera a gritos o a pedradas responsabilidades y soluciones.

Lo que no puedo entender es que pase todo esto, y no pase nada más.

miércoles, 25 de abril de 2012

El altruismo está demodé

Corren buenos tiempos para los mercados. Sí, aunque suene incongruente decir esto en tiempos de crisis. Buenos tiempos para el libre mercado, la competitividad, el individualismo y el quien tiene, paga. Alimentemos la máquina de la libre competencia, aceitemos el motor del consumo y, por supuesto, eliminemos todo el lastre de políticas sociales. Hagamos avanzar la máquina de Europa...

En tiempos de crisis este discurso único y repetido hasta la saciedad por los políticos y los medios de comunicación masivos (que vienen siendo brazo derecho e izquierdo de los mercados) se convierte en imperante. Los derechos humanos dejan de ser universales y pasan a ser opcionales, sujetos a la oferta y demanda. Si los mercados cotizan al alza, quizás nos podamos permitir esos lujos. Si no....

La industria farmacéutica es la máxima expresión de ese llevar a la bolsa un derecho fundamental: el derecho a la salud. El derecho a la vida. Tod@s tenemos un pasado oscuro, y el mío hizo un par de etapas en el mercadeo de la salud, por eso conozco un poco los entresijos internos, la suciedad de las prácticas y la falta de escrúpulos de un sector que comercia con nuestra salud.

Siempre me ha quedado un resquemor por esa especie de auto-prostitución a la que me sometí durante un año y pico. Un nosequé de desconfianza cuando voy al médico y me prescribe un medicamento..

Así que el otro día leí descorazonada y muy muy cabreada cómo el presidente de un laboratorio farmacéutico proponía legalizar la venta de sangre. Y por si la propuesta no sonara lo bastante indecente de por sí, argumentaba que en los tiempos de crisis que corren, sería una opción muy válida para proporcionar ingresos extra a los parados: "60 o 70 euros por semana que sumado al paro, es una forma de vivir". Por último, alegaba que en España las donaciones son gratuitas debido a un motivo "romántico”. Es decir, poco práctico, alejado de realidad.

Pues, señor Grifols, efectivamente. Ese "sentimiento romántico" que alienta a la gente a donar (REGALAR) su sangre tiene, entre otros nombres, el de "solidaridad" y "altruismo". Pero claro, eso no cotiza en bolsa, así que ni le suena, ni lo entiende. La gente que lo hace piensa que quizás salve una vida al hacerlo, y es una de las pocas oportunidades de ser héroes y heroínas con un gesto al alcance de nuestro antebrazo. Convertir también esto en una transacción económica es ensuciarlo, prostituirlo. ¿Qué vendrá después, la venta de órganos? Ya puestos, un ser humano completo en el mercado puede alcanzar un valor incalculable... Mejor no doy ideas.

Si esta propuesta va adelante, y el gobierno este mequetrefe que tenemos concede este permiso y se mercantiliza también esto con la excusa de la crisis, podría llevar a que los bancos de sangre públicos se quedaran sin donaciones, y, por lo tanto, tendrá derecho a una transfusión quien pueda pagársela. Igual que a los medicamentos, a este paso.

Vampiros y chupópteros, en la acepción más literal de las palabras.

Solidaridad y altruísmo.... Eso ya no se lleva.

¿Solidaridad entre las comunidades autónomas? Buah, si son un lastre, con su gestión ineficiente de la sanidad y su multiplicidad de eslabones. Mejor, devolvamos las competencias y el Estado central (Uno, Grande y Libre) lo gestionará todo de forma que recibamos educación y sanidad de calidad... quienes tengan sus cuentas bancarias bien provistas. El resto... será que no ha sabido aprovechar las oportunidades. Parásitos de la sociedad... no pretenderán que les sigamos manteniendo, ¿verdad?

¿Cooperación internacional? Porfavooorrr! con la cantidad de problemas que tenemos nosotros, como para ayudar a esos pueblos subdesarrollados que han demostrado que no saben gobernarse, cuna de dictadores corruptos y de gente revoltosa (¿cómo? ¿qué es eso de que nosotros apoyábamos y colocábamos a esos mandatarios hasta, como quien dice, anteayer -en Latinoamérica- y hasta hace diez minutitos -en el norte de África-? No he oído nada, estoy muy ocupado “reformando”. Y, por cierto, me sobran unos euritos para caridad de esa de toda la vida, que es de buen cristiano. Pero de cooperación, ná de ná.

Además, está toda esa gente que viene “de fuera” a invadirnos, a aprovecharse de nuestros servicios y a quitarnos nuestros trabajos. A esos hay que echarlos al mar (o dejarlos en él pa que se ahoguen). Porque nosotros también fuimos inmigrantes, sí, pero integrándonos y haciendo bien las cosas (curioso la cantidad de centros gallegos allovertheworld que continúan celebrando gaiteiradas y cociendo empanadas para los nietos que nunca han pisado “la madre patria”).

En fin. En estos tiempos que corren, en que el valor de las acciones (actos, no títulos) parece poder contabilizarse en términos monetarios, quizá haya que subirse al carro de los mercados y ayudar a ese ciego a cruzar la acera, subirle las bolsas a la vecina del segundo o ceder el sitio en el metro al anciano o la mujer embarazada, previo pago de unas moneditas. La tarifa la estipulará la cantidad de asientos libres y de posibles candidat@s a ellos en el vagón. Es decir, la ley de la oferta y la demanda de toda la vida. Con un poquito de suerte, complementamos nuestros ingresos y lo mismo podremos pagarnos la transfusión cuando nos toque....

martes, 3 de abril de 2012

Hoy me importa más que nunca...

...este mundo. Me importa, me duele y me ilusiona. Me hunde y me desespera. Pero a la vez me llena de energía para seguir luchando.

Cada mañana me asomo a ese mundo a través de la ventana de las redes sociales. Me levanto pensando:


Porque cada mañana, el panorama que me muestra esa ventana es desolador. Pasos de gigante hacia el pasado, señores de la guerra con el símbolo del dólar (o del euro) en la solapa, que imponen sus leyes sin que nadie les haya votado. Inversiones en armas y desinversiones en libros. Gobernantes oscurantistas (es decir, sin muchas luces), que aplican sus medidas antipersona queriéndonos convencer de que son la única alternativa posible, aunque sabemos que no es cierto.

Esa ventana me muestra miles de seres humanos que son lanzados a la pobreza cada día, con una patada en el culo. Es un hecho que se viene repitiendo desde hace décadas, pero ahora no hay que cruzar océanos para verlo. Están aquí, en nuestro continente, en nuestro vecindario. Son muchas de las 4.750.000 personas que han agotado el paro, que ya no pueden pagar una vivienda con la que el banco les prometió que “nunca perderían”, y que sobreviven gracias a la fortaleza de la red social: la pensión del abuelo, la comida  aportada por la madre viuda, la ayuda de un amigo en mejor situación... Como en África o Latinoamérica se ha hecho toda la vida.

Creo firmemente que la solidaridad es un valor de la izquierda. Frente al individualismo y la competencia del “sálvese quien pueda”, motores del mundo para la derecha y el neoliberalismo, miro a mi alrededor y encuentro que lo que lo hace avanzar de verdad es todo lo contrario: ese obrero, esa reponedora, ese oficinista que, afortunados ellos, conservan todavía su trabajo, y a pesar de las presiones de sus patrones hacen huelga por los derechos sociales víctimas de las tijeras. Esa estudiante que sale a la calle al lado del jubilado y gritan al unísono que ésta no es la democracia que queremos. Esa socióloga que reparte pizzas y en sus horas libres difunde y comparte información y propuestas para cambiar las cosas. Ese político con los pies en el suelo y el corazón en lo alto (que alguno queda), que sigue creyendo que un mundo mejor es posible. Esa madre de familia que toma la plaza y se sienta a debatir las mejores propuestas en la asamblea de su barrio. Ese parado que lleva haciendo voluntariado muchos años en una organización, y no porque Ana Botella diga que es necesario para salvar España. Esos miles de activistas que se mueven, linkan, escriben, protestan y contestan.

Esa es la gente que veo a través de mi ventana cada mañana, y que ilumina un paisaje que unos pocos se empeñan en cubrir de penumbra. La gente que sale a la calle cada vez más a menudo a repetir, gritar y corear lo que dicen desde sus IPs. La que me empuja a seguir luchando, con rabia, sí, pero también con fuerza, con optimismo, con ironía, con ingenio y con sentido del humor. Porque si la sonrisa es el arma más potente, nosotros nos carcajeamos, nos cagamos en todo, y acabaremos por cargamos el sistema! (Inciso: reivindiquemos el concepto “antisistema”, coño! si este sistema es injusto, es un orgullo querer cambiarlo...)

En fin, hoy tengo una hija, y eso no cambia nada y lo cambia todo. Viendo ese bultito productor de gorjeos y de sonrisas desdentadas, me digo que hoy me importa todo más que nunca. Porque hoy soy solidaria también con ella, con su futuro, igual que durante años lo he querido ser con otros miembros de mi gran familia (de apellido Humanidad) que lo necesitaban.

Porque, como he leído por ahí, cuando el día de mañana me mire y me diga: “pero.. ¿qué mierda de mundo es éste?”, quiero poder decirle que quizás hayamos perdido la batalla, pero por lo menos su madre luchó, y lo hizo en el bando correcto, y con las armas a su alcance. Ea.

viernes, 30 de diciembre de 2011

La importancia de llamar a las cosas por su nombre


“Así pues, ¿cuándo se convierte una carnicería en una atrocidad? ¿Cuándo se convierte una atrocidad en una matanza? ¿Cuán grande tiene que ser una masacre antes de poder calificarla de genocidio? ¿Cuántos muertos antes de que un genocidio pase a ser un holocausto? Viejas preguntas que se convierten en nuevas preguntas en cada campo de matanza.”

Robert FISK: La gran guerra por la civilización: la conquista de Oriente Próximo

La Historia es como un bucle, es cierto, pero los giros parecen ser cada vez más pequeños. Ayer leía en Haaretz el aviso de las IDF sobre un posible nuevo ataque a Gaza, tres años después de la operación “Plomo Fundido”, y pensaba de qué había servido el clamor popular que se elevó durante aquellas semanas de enero de 2009 en contra de una de las operaciones más salvajes y desproporcionadas del Estado de Israel contra la Franja (y esto es mucho decir).

¿Que de qué sirvió? Pues de poco más que la dinámica del pataleo y la impotencia, que únicamente sirve como excusa al Estado genocida para justificar el latente antisionismo que impera en el mundo y en muchos medios occidentales, y por tanto su necesidad de defenderse... atacando.

¿Antisionismo imperante?? Me parto.

Parece que las épocas son propicias para rescatar papeles escritos hace rato. Lástima, porque el hecho de que no pierdan vigencia es un síntoma de que no avanzamos. Una trabaja con las palabras, y tiene el vicio de analizar el “cómo” se dicen las cosas, más que las cosas que se dicen en sí. Es un hobby, o más bien un vicio, que permite aprender mucho. Y cuando las palabras están escritas (como en un diario), el campo de análisis es ilimitado!

Por eso, hace un par de años decidí estructurar científicamente ese vicio y darle forma de análisis comparativo entre varias cabeceras nacionales, sobre un tema muy concreto: el uso del lenguaje para “informar” (entrecomillado imprescindible!) sobre el conflicto árabe-israelí durante una semana repleta de acontecimientos graves y violentos con numerosas víctimas mortales en Gaza y Jerusalem. Vaya, que intuitivamente me chirriaban algunos usos concretos (¿por qué un israelí muerto es una “víctima” de un “asesinato”, y un palestino muerto es un “civil” muerto “en un bombardeo”?)... y necesitaba ponerlo negro sobre blanco.

Este es el resumen de la semana analizada: Tanques, helicópteros y tropas israelíes penetraron en Gaza en numerosas ocasiones, matando a más de 120 personas, hiriendo a varios centenares más y causando cuantiosos daños materiales en hogares y negocios. Al final de la semana un palestino con nacionalidad israelí, residente en Jerusalem Este, entró armado en una escuela religiosa ultraortodoxa de Jerusalem y mató a ocho personas disparándoles con un fusil.

En el análisis sabía que encontraría algunos hallazgos. Esperaba detectar el uso de una serie de términos específicos para referirse a situaciones concretas connotándolas de una forma determinada... y concluir que ese uso era más o menos intencionado, en función de la línea editorial del medio y de su posicionamiento sobre el conflicto.

Pero la cosa va mucho más allá... ni yo misma esperaba un uso tan masivo e incondicional de una neolengua acuñada expresamente para este conflicto, al más puro estilo orwelliano.

En realidad, y salvando matices, lo que ocurre es que en este conflicto se ha impuesto por la práctica una forma de contar las cosas, independientemente de la orientación y la ideología, que tiende a presentar a los israelíes como personas (promoviendo nuestra empatía) y a deshumanizar a los palestinos. Por supuesto que este uso no es exclusivo de este conflicto, pero es en él donde su uso se ha extendido y generalizado de tal forma que ya ni siquiera nos lo cuestionamos.

Y no es un tema banal, no se trata de ser más o menos puntilloso en la exactitud de los términos. Cuando se informa sobre un conflicto de este tipo, que ya dura 60 años y presenta una complejidad extrema en cuanto a actores, cadenas causales de acontecimientos, etc, la manera de presentar los hechos influye enormemente en la valoración que se hace de los mismos por parte del receptor. Una vez más, es un tema de responsabilidad periodística, ya que el lenguaje configura la realidad: al configurar nuestra percepción de ella, tiene efectos prácticos sobre cómo reaccionamos ante ella.

Ya mucho antes de que fuera formulada la teoría del framing (expuesta magistralmente por Lakoff en su “No pienses en un elefante”), los movimientos feministas denunciaban que “lo que no se nombra, no existe”, dando lugar a las corrientes que buscan visibilizar a la mitad de la población oculta por el masculino “genérico”. Esta teoría, que analiza los marcos interpretativos del lenguaje, dice que “los medios no sólo establecen la agenda de temas del debate público, sino que también definen una serie de pautas (marcos) con los que pretenden favorecer una determinada interpretación de los hechos sobre los que informan”

La palabra “pretenden” le otorga intencionalidad a unos medios que queremos suponer imparciales e inocentes. Yo, sin ir tan lejos, apunto en este caso concreto únicamente a la consecuencia: al hecho de que de tanto leer sobre el “conflicto”, a veces olvidamos que se trata de una “ocupación”.

También es llamativa la apropiación terminológica y conceptual que hace que una serie de palabras se utilicen siempre en relación únicamente a una de las dos posturas enfrentadas, a pesar de que lo que califica tenga su equivalente en la postura contraria: son términos como terrorismo, referido invariablemente al lado palestino, o el derecho a legítima defensa o represalias que únicamente se utiliza cuando se habla de Israel.

Dejo aquí algunos ejemplos, y un enlace al documento completo por si a alguien le apetece profundizar y empaparse de matices:

- Fundamentalista e integrista se aplican de forma tan exclusiva a la religión musulmana que se han empapado de este matiz hasta el punto de que ya no es necesario que les acompañe la muletilla islámico para especificar, puesto que se sobreentiende. En cambio, los judíos extremistas no se suelen adjetivar de esta forma, y se llega a ocultarse el matiz de extremismo, incluso en los casos más evidentes.

- Un agresor palestino es casi invariablemente etiquetado como terrorista independientemente de la existencia de vinculación a un grupo terrorista, mientras que si el agresor es judío (sea un colono, sea el Estado) se omite esta etiqueta.

- La agresión misma puede ser denominada operación, operación militar, incursión, bombardeo, o simplemente actividad del ejército en el caso de ser cometida por Israel. La mayoría de estos términos son eufemísticos (especialmente operación y actividad) puesto que bajo una apariencia aséptica y quirúrgica, o militar, maquillan la intervención de un ejército en territorio ajeno para matar personas, disparándoles o lanzándoles misiles y bombas. Los términos ofensiva, ataque y agresión implican una proactividad, sea quien sea el sujeto ejecutor. En el caso de venir del lado palestino el abanico incluye el término atentado, con la etiqueta suicida si la persona que lo comete ha perdido la vida en él. Por otro lado, el uso de términos como combate o enfrentamiento resalta una hipotética reciprocidad de la violencia, repartiendo la responsabilidad de la misma entre agresor y agredido.

- En cuanto a la motivación de la violencia, cuando se habla de ella, el uso de respuesta, castigo, represalia o venganza subraya que se produce como respuesta a una agresión anterior por parte del otro bando.

Ojo, porque el tema engancha, y correis el riesgo de acabar hablando con el periódico o con el corresponsal de turno para corregirle los términos. Por desgracia, oportunidades parece que no van a faltar en el futuro inmediato.

jueves, 22 de diciembre de 2011

De divinas y de humanos (ropa de lujo en la miseria)


Ya está bien, joder...  Es lo primero que me viene a la cabeza al ver el anuncio de Donna Karanfotografiado en Jacmel, Haití. ¿Es que el mundo de la publi se mira tanto su ombligo que no es capaz de ver cuando su criterio “estético” atenta contra la más básica moral y dignidad humana? ¿No es “de cajón” que utilizar a personas en situación de pobreza o vulnerabilidad como fondo y decorado para vender moda de lujo es simplemente obsceno?

Ya hace un par de años nos asombrábamos con la campaña de la firma de moda Missing Johnny en la que se presentaba el “look cooperante de la temporada”. En ella, personas inmigrantes recién llegadas en patera o claramente desfavorecidas, aparecían bajo la protección de una “modelo cooperante” sonriente, caritativa, mirando a cámara... y divina ella con sus vestiditos de la firma en cuestión.

Por cierto, practiquísimos los tacones para pisar fuerte en terreno. En fin.

Dejando aparte el tema de la moralidad de estas prácticas publicitarias, hay algo que me rasca más en el caso de la foto de DK en Jacmel (por si no nos dábamos cuenta: “Photographed in Haiti. Discover the beauty and inspiration” (¡)). Quizás es mi hipersensibilidad hacia todo lo que tiene que ver con este país y esta ciudad en concreto, especialmente en fechas como estas. O quizás es fruto de haber trabajado, debatido y conversado mucho sobre ello con colegas periodistas “de los dos lados”: medios y organizaciones sociales. El caso es que me rebelo cada vez que veo imágenes donde personas haitianas son retratadas en actitudes como las de esta foto. Esas miradas perdidas en el horizonte, ese gesto resignado... reflejan una pasividad y una aceptación de su situación de víctimas que yo no encontré en Haití, ni siquiera en medio de las peores circunstancias imaginables.

En los meses tras el terremoto este tipo de imágenes se alternaban en nuestros medios con las de personas violentas, descontroladas y sanguinarias, usando la fuerza para “saquear y robar” lo poco que quedaba en pie en el país, y para imposibilitar la llegada de la ayuda humanitaria... No voy a abundar en detalles porque me canso a mí misma escuchándome repetir las mismas cosas, pero sí dejo caer, una vez más, que el uso de mensajes de este tipo no es inocente. No es inocuo. No es imparcial. Y no es un tema únicamente moral. La repetición de estos estereotipos en los medios masivos configura imaginario colectivo, y deja una huella indeleble en nuestra percepción de otras realidades que quedan fuera de nuestra experiencia directa.

Por eso, es fácil entender que tras un bombardeo mediático de este tipo, aceptemos como única solución posible que la reconstrucción del país tenga que hacerse “desde fuera”. Es decir, por parte de nuestras empresas y sin contar con la opinión de sus gobernantes. ¿De qué otra forma podría ser, en un país de salvajes pasivos / violentos, con un gobierno inoperante y sin capacidad de reacción? Que nos lo dejen a nosotros, que sabemos hacerlo bien y además haremos nuestro negoci... esto... colaboraremos bienintencionadamente en la reconstrucción del querido país caribeño.

Entretanto, aprovecho para recordar las palabras de Gerald Mathurin, un ejemplo del coraje, el valor y la capacidad de salir adelante del pueblo haitiano:

“Lo esencial es reconstruir este país: en su dimensión física, por supuesto, pero también y sobre todo en sus dimensiones moral, social y espiritual, intentando reforzar y apoyar el humanismo haitiano, que tiene su fuente en nuestra riqueza cultural.

¿Acaso no ha sido este humanismo el que supo, durante los tres primeros días tras el terremoto, movilizar a hombres y mujeres para remover los escombros con sus manos desnudas para salvar vidas? ¿para compartir su agua, sus ropas y comida, a pesar de la enorme precariedad? Basando unilateralmente lo humanitario en la ayuda exterior, corremos el riesgo de ahogar el humanismo haitiano.”